lunes, 9 de mayo de 2016

EL TRABAJO.
ü La historia del trabajo.
El Mundo Antiguo (Mesopotamia, Egipto, India, Grecia, Roma) se tenía una visión del trabajo muy diferente a la que tenemos ahora, en ese punto de la historia el trabajo era considerado como algo despreciado por lo que solo lo realizaban los esclavos, el trabajo solo valía en la medida que servía para conseguir un objetivo determinado; esta forma teórica provenía principalmente de los griegos: Hesíodo, Platón y sobre todo Aristóteles; luego con el cristianismo esta situación cambió ya que Jesucristo se había dedicado a realizar los trabajos que los grandes de ese mundo despreciaban y en medida que el cristianismo se fue imponiendo comenzó a surgir una idea diferente del trabajo lo vieron desde el punto en que él que no trabajara no debería de comer pero no se logró  valorar el trabajo de modo pleno, la principal limitación consistió en no percatarse ”del valor del trabajo como obra”, es decir en no advertir el valor del trabajo por sí mismo, sino solamente como medio para lograr otros objetivos; el Medievo por lo tanto mantuvo la tripartición aristotélica de la acción humana y aquí se encuentra su principal limitación en relación al trabajo, ya que en esta tripartición medieval el primer puesto lo sigue detentando la contemplación aunque ahora, a diferencia de la griega, ya no es meramente intelectual sino amorosa; es una contemplación religiosa de Dios que está al alcance de cualquier cristiano, después sigue el obrar mora y finalmente la actividad manual o técnica.
También en la etapa del Medievo Tomás responde de forma positiva y da cuatro razones sobre el valor que tiene la actividad manual, las razones que él dio, dijo que esto sirve para:
Ø  Eliminar los vicios.
Ø  Adquirir virtudes.
Ø  Evitar el ocio.
Ø  Dar limosna.
El planteamiento que se tenía en el Medievo cambia con la llegada de la Modernidad donde el hombre es cada vez más consciente de su poder, de su fuerza y de su creatividad y está decidido a explorar esas capacidades y llevarlas hasta sus últimas consecuencias, ya que el hombre mediante su trabajo comienza a ser capaz de transformar la realidad, el trabajo comienza a ser algo importante y valioso, un elemento básico en la estructura social y así el trabajo se convierte en una actividad personal en la que cada persona con sus habilidades y destrezas realiza algo para su desarrollo y el de la sociedad.





ü El trabajo como acción.
El trabajo aparece como un tipo específico de acción que no puede catalogarse según la tripartición clásica porque quedaría automáticamente incluido en la categoría del hacer y reducido, por tanto, a una mera actividad transitiva e instrumental; pero como la historia del trabajo nos ha mostrado este planteamiento es insuficiente y erróneo. El trabajo afecta a toda la persona, no solo a alguna de sus facultades o dimensiones. En el trabajo, el hombre se involucra de manera plena; no solo mira hacia el exterior, hacia la obra o el producto, sino que mira también hacia el interior, hacia sí mismo; en el trabajo hay una dimensión objetiva y una dimensión subjetiva.

Ø La dimensión objetiva: incluye todo aquello que el trabajo crea y objetiva fuera del interior de la persona. El trabajo transforma el mundo gracias a la técnica y más recientemente a su forma más moderna: la tecnología. El hombre despliega de manera cada vez más fascinante y poderosa una capacidad inmensa de humanización, transformación y dominio del mundo que conlleva, como contrapartida, una capacidad similar de destrucción y aniquilación. Una segunda dimensión objetiva del trabajo es su capacidad de producción de riqueza y bienestar que se ha ido multiplicando con el paso de los siglos y por ultimo está su capacidad de configuración social. El trabajo no solo es importante para la sociedad por los bienes que produce, sino que es el elemento principal en torno al cual se constituye la sociedad y las personas se posicionan unas en relación a otras.
          


Ø La dimensión subjetiva: surge del carácter autorreferencial que tienen todas las acciones. Al trabajar el hombre no solo modifica la naturaleza o la sociedad, sino que se modifica a sí mismo. “El trabajo es un bien del hombre, es un bien de su humanidad, porque mediante el trabajo el hombre no transforma solo la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre y, en un cierto sentido, se hace más hombre”. El trabajo como ejercicio de libertad y de creatividad, como medio de autorrealización, ya que al producir y al crear el hombre se autorrealiza porque despliega y ejecuta sus posibilidades y sus capacidades, es decir lleva a término de modo satisfactorio lo que hemos denominado autorrealización existencial. Además, el trabajo presenta dimensiones morales y de forja de la personalidad. Un trabajo bien realizado contribuye, a la segunda dimensión por la que la persona se autorrealiza a través de la libertad: la ética.






Para concluir daremos dos indicaciones sobre la relación entre la dimensión subjetiva y objetiva del trabajo. La primera consiste en afirmar la primacía de la dimensión  la primacía de la dimensión subjetiva sobre la objetiva que, fundamentalmente es un correlato de la primacía del hombre sus obras. Por muy importantes y asombrosas que puedan ser las objetivaciones que adopta el trabajo, el sujeto del que surgen y que las ha llevado a cabo es siempre más importante; la segunda cuestión, que la dimensión objetiva no sea importante ni que sea meramente material, en la obra realizada, en el fruto del trabajo está el hombre: el esfuerzo de su mente y de sus brazos, sus ilusiones, sus creencias y sus esperanzas. Por eso es muy importante establecer una relación adecuada y armónica entre el hombre y los aspectos objetivos de su trabajo ya que, de no lograrse, las consecuencias para la persona serian desastrosas.  

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